Resiliencia vs. humanidad
¿Si hoy solo quiero ser sostenida? ¿Si lo que necesito —al menos por hoy— es que el mundo sea menos hostil, no yo más fuerte?
Personalmente, estoy jarta de ser resiliente.
Sí, jarta. Con J.
Esta mañana vi un correo en el buzón de entrada del trabajo anunciando una capacitación sobre cómo ser más resiliente. Antes de abrirlo, me quedé unos segundos mirando la pantalla y pensando:
¿alguien me puede explicar cuándo pasó esto?
¿Cuándo fue que empezamos a buscar formas de aguantar más, de soportarlo todo, de aprender a “manejar” los golpes —los fuetazos— porque es lo que toca?
La palabra resiliencia, según la Real Academia Española, significa:1
Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o una situación adversa.
Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.
Y ahí fue donde me detuve.
Sobre todo en la segunda definición.
¿Desde cuándo se nos exige —como virtud, casi como deber moral— desarrollar la capacidad de adaptarnos a la adversidad?
¿Desde cuándo volver al estado inicial se volvió la meta, como si el daño no dejara huella, como si nada hubiese pasado?
Esto me recordó los early 2000, cuando hablábamos de ser multitaskers como si eso fuera una habilidad admirable. Muchos —yo incluida— lo colocamos orgullosos en el CV. Hoy, años después, batallamos con un déficit de atención no diagnosticado (en mi caso), un cansancio crónico y un overwhelm del carajo que no siempre sabemos manejar.
La vida se vuelve demasiado.
Demasiadas pestañas abiertas.
Demasiadas responsabilidades superpuestas.
Y llega ese punto en que no sabes si lo que deseas es mandarlo todo al carajo y desaparecer a una isla desierta…
o sacudirte la mierda, ponerte pa’ lo tuyo e ir, por fin, tras tus sueños.
It’s a lot.
Así es como hoy me siento con la bendita palabra resiliencia.
Siento que se ha convertido en una forma pasivo-agresiva de decirnos que podemos con más, que deberíamos —para no ser mal vistos— salir rápido de lo que sea que nos pase.
Que hay que ponerse las pilas, sacudirse el polvo y seguir pa’lante, porque ajá… eso es lo que queda.
¿Y sentarnos a procesar?
Maybe a llorar.
A sentir sin fecha de expiración.
A preguntarnos qué carajos nos pasó sin tener que apresurarnos, porque —creo— al final somos seres humanos… ¿o no?
La resiliencia, tal como se nos vende hoy, no siempre es fortaleza.
Muchas veces es una exigencia disfrazada de virtud.
Una manera elegante de cargarnos más, de explotarnos un poquito más, de pedirnos sentir menos.
De reprogramar el cerebro —como decía el email que recibí— para volvernos más fuertes, más productivos, más funcionales… como si fuéramos máquinas con masa muscular emocional que hay que entrenar.
Y entonces me pregunto:
¿Qué pasa si hoy no quiero ser resiliente?
¿Si hoy solo quiero ser sostenida?
¿Si lo que necesito —al menos por hoy— es que el mundo sea menos hostil, no yo más fuerte?
¿Qué pasa si me permito descansar sin prisa?
Estar rota un rato.
Que el mundo sea menos demandante… y no yo más resistente.
Esto no es una renuncia.
Es una invitación: a pensarnos, a sentirnos, a cuidarnos… sin horario.
Porque no todo lo que duele tiene que convertirse en aprendizaje.
A veces, simplemente duele.
Y eso también está bien.
Con amor,
Aidé
Referencia: https://dle.rae.es/resiliencia


